miércoles, 26 de diciembre de 2012

El realismo social como entrega y empatía.

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Consideraciones sobre El recinto Weiser, primera parte de La verdadera historia de Matías Bran, de Isabel Alba.

Para dedicarse a eso que la teoría viene llamando realismo social es necesaria una actitud de modestia, de apagamiento del ego, imprescindible cuando se trata de meterse en la piel de los otros. Generalmente, los escritores somos gentes de la clase media cuanto menos, porque el conjunto de destrezas y conocimientos imprescindibles para afrontar la ardua tarea de construir una novela suelen ser patrimonio de los sectores privilegiados de la sociedad. De ahí que para escribir desde la piel de aquellos que se encuentran en la distancia social sea imprescindible trabajar con una actitud adecuada que impida vicios malsanos como el paternalismo o la proyección de complejos en lugar de una auténtica empatía.

Curiosamente, realismo social es una etiqueta que se circunscribe a una narrativa especializada en mostrar a “los de abajo”, tomando el título de la conocida novela mexicana. No es una literatura obsesionada por algo así como “la realidad”, por la descripción minuciosa o el puro testimonio. Es literatura cuyo tema esencial es la lucha de clases, y vista, además, desde el punto de vista de los oprimidos; un tema poco frecuente y, por cierto, muy desprestigiado en el mercado literario actual. El realismo social no es el camino más adecuado para alcanzar la gloria literaria, aunque también es cierto que precisamente no casa nada bien con ninguna forma de egolatría.

Ocuparse de la lucha de clases hace de la literatura un instrumento de conflicto, la coloca ahí, en medio del campo de batalla. ¿De qué sirve tomar las voces sepultadas por la pirámide social? Básicamente, es un ejercicio de dignidad cultural. Levi-Strauss definía la cultura como sistema de intercambio simbólico, como mundo de textos compartidos. Y ahí exactamente es donde se ubica la literatura. Teniendo en cuenta esta interesante noción, podemos ver claramente la cultura de la sociedad capitalista como un sistema de opresión cultural donde los valores que se comunican son, en una mayoría aplastante, los de la minoría dominante. Y en esa batalla es donde hallamos el sentido capcioso que tiene la clase media, como tinglado sociológico actual que representa una falsa normalidad alumbrada de lapsus que por momentos muestran abismos de injusticia. La literatura actual está sembrada de las seguridades y derechos de la clase media, maniqueamente opuestos a las maldades del lumpen y del ser humano en general, reconstruido en el imaginario dominante como un monstruo incorregible y repugnante. Las escasas aproximaciones narrativas al discurso de la mayoría que no lee, que sólo trabaja o está en el paro, suelen estar cargadas de la impostura de quienes en el fondo de su corazón se creen un peldaño por encima. Si no hay una lucha de clases cultural, es imprescindible crearla. Las voces y los valores apagados por el clamor dominante, que se sustenta en la privatización oligopolística del espacio público, de la cultura propiamente dicha, tienen que emerger. Y para ello es imprescindible la literatura, la elaboración minuciosa de discursos que funcionan como contrapeso y como espuela para el ánimo porque legitiman esos otros valores, les dan la dignidad de una existencia cultural contra viento y marea.

La crítica con frecuencia denuesta la literatura que encaja en la etiqueta que nos ocupa, acusándola de monotonía, insuficiencias, pobreza literaria. Pasa algo parecido a lo que sucede en el mundo de la gastronomía. La cocina popular sucumbe ante la presión de la sofisticación de la cocina de élite por un lado y la transcultura industrial por otro. Pero con frecuencia la sencillez y el ingenio de muchas recetas que surgen de la pobreza de medios e ingredientes no tienen nada que envidiar a los sofisticados inventos de la cocina de los ricos. El realismo social se caracteriza por la escasez de artificio y la subordinación del relato a la necesidad de transmitir unos valores, unas experiencias, una empatía culturalmente sepultados. Ha de ser, por tanto, una literatura sencilla y directa, plenamente accesible, lo cual con frecuencia exige mucho ingenio e imaginación y no excluye un cierto nivel de experimentación literaria.

La verdadera historia de Matías Bran

La escritora Isabel Alba ha visto publicada hace unos meses su primera novela, la primera entrega de una trilogía que promete y que ha titulado “La verdadera historia de Matías Bran”. Cumple con creces con las exigencias de una literatura consagrada a dar voz a los clamores apagados por la conjunción del tiempo y un atronador dominio cultural de los más fuertes. “El recinto Weiser” es un relato acerca de una revolución que nunca debió olvidarse, la húngara, allá por la primera guerra mundial. La autora consigue disolverse en la reconstrucción de un mundo que sigue vigente, el de la clase obrera que toma conciencia y lucha contra el sistema que la exprime y la machaca. Nada convencional en sus planteamientos narrativos, esta novela apela a la imaginación y la empatía de cualquiera con una eficacia extraordinaria, hasta el punto de que supera ampliamente la etiqueta de novela histórica. La potente historia de dignidad y lucha que construye apela al presente, es tan actual que los personajes se viven con inusitada cercanía. Están llenos de verdad, de una verdad hercúlea, muy necesaria ahora y siempre.

Todo el relato nace de una maleta, el único legado de Matías Bran cuando muere en la actualidad en su piso de Madrid. Cada uno tiene su maleta, me decía hace poco un buen amigo. En la maleta de Bran se esconden la sensibilidad y el bagaje de la autora. Me pregunto qué experiencias, qué biografía es la que le permite esa cercanía con esos personajes que reposaban en las catacumbas de la Historia; cómo se le ha formado ese espíritu capaz de resucitar tan vivamente un mundo tan cercano, tan necesario en los tiempos que corren, a la par que tan lejano. Queremos seguir leyendo, vaciando la maleta de una trayectoria que en el primer libro desemboca en España de una manera inquietante y sintomática.

domingo, 27 de mayo de 2012

Cavar buscando la aurora

Mi buen amigo Manuel Cañada ha escrito una reseña de Komatsu PC-340 que me ha puesto los pelos de punta. La reproduzco a continuación, emocionado.
Manolo es un militante admirable, un ejemplo para todo aquel que quiera saber lo que es comprometerse en la lucha por un mundo nuevo. Que todo lo que sigue salga de su pluma es especialmente significativo para mí.

CAVAR BUSCANDO LA AURORA.
Manuel Cañada.
Extremadura progresista.

El nombre de una excavadora de 34 toneladas es el título de la primera novela de Javier Mestre. “Un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia”, escribió el futurista Marinetti. También aquí, en la narración que nos ocupa, entre el trajín y el estruendo de las tuneladoras, podremos encontrar más verdad y más belleza que en las socorridas novelas de la clase media. Porque Komatsu no es un relato de escritores para escritores, ni otra novela más de progres cultivados y escépticos. Es una novela, magníficamente enhebrada, sobre la dominación del trabajo en nuestros días y sobre las posibilidades redentoras del amor y la lucha social.
El libro cuenta la historia de amor entre Victoria, ingeniera en las obras de la M-30 y Santiago, el conductor de uno de los inmensos ingenios de la perforación a los que se alude en el título. La inusual relación nace a raíz de la muerte en accidente laboral de  Gumersindo, un trabajador inmigrante sin papeles. En el relato se van anudando los meandros de lo social y lo íntimo, el crimen ordinario donde se amasan las fortunas y el amor como fundamental escapatoria.
A través de estampas comunes, el autor nos va desvelando la minuciosa red de sometimientos, trampas y rendiciones que explican el estado de nuestro mundo. Las conversaciones a la hora del bocadillo, el bálsamo de las confidencias en los bares amigos, el paripé de la visita de los representantes institucionales y sindicales a las obras, la trama de subcontratas, encargados y competitividad inducida que convierten los centros de trabajo en transparentes panópticos para los que mandan…
Todo parece visto para sentencia: el capital y sus negocios, inexpugnables; los inmigrantes, invisibles; las vidas de la clase media, arruinadas en la mediocridad; las vidas de todos, condenadas a dar vueltas en la interminable noria de los trepadores. Casi todo conspira para que nos rindamos. Y, sin embargo, algo se escapa a los meticulosos planes del poder, algo se resiste a la rutina del dominio. Entre los pliegues de lo cotidiano, se alzan la resistencia social y el amor como últimas trincheras. Y a partir de ahí, la novela nos irá relatando la posibilidad de que estas dos incautas esperanzas puedan enfrentarse a la férrea urdimbre de determinaciones o si, por el contrario, como ocurre habitualmente, la barca del amor se estrellará contra la vida cotidiana…
El misterioso título se va dilucidando. “Las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora”, imaginó Lorca. Las excavadoras de nuestra narración también quieren quebrar albores, desbaratar los duros canchales de la explotación y la doblez, invisibles tras el prosaísmo de lo material. Se trata de ahondar, de agujerear la realidad, de experimentar un camino que contradiga la agorera profecía de que la suerte está echada.
“No dejaré de inquietaros con mis interrogatorios”, dice la cita de Platón con la que Javier Mestre abre el libro, advirtiendo ya desde el inicio de sus propósitos. Como Santiago, el conductor indomable de nuestra historia que pretende convertir la parada del bocadillo en un tiempo de conciencia, el autor quiere “resucitar los cadáveres de la solidaridad, de la dignidad”, “el rescoldo mortecino de las luchas de un siglo de hombres y mujeres de la clase obrera”.

Incondicionalidad de la lucha, rescate de los muertos, distorsión de la lengua “De los muchos caminos con que un hombre cuenta para escapar al apaciguamiento, estos son seguramente los tres más importantes: la incondicionalidad de la lucha, el rescate de los muertos y la distorsión de la lengua”
Quique Falcón, en La taberna roja ¿Es posible resistir? Esa es la principal pregunta que recorre Komatsu. La novela se interroga sobre la posibilidad de la lucha anticapitalista en tiempos de resignación,  cinismo y alienación consumista. “En cuanto se les deja, se sitúan en fila india y avanzan hacia el fuego graneado de las mercancías”, escribió con amargura Walter Benjamin. Pero nuestro novelista no quiere mostrarnos sólo la  fortaleza del dominio o los fundamentos de la nueva barbarie, sino sobre todo “esos momentos exquisitos, mágicos, en que se rompe el hechizo del capital”, las ocasiones en las que se resquebraja la costumbre de la obediencia y el discurso del consumismo. El autor va a iluminar los instantes en los que estallan “las pequeñas bombas de rebeldía”.
Luchar es conspirar con otros, conocer con otros, evaluar con otros las fuerzas propias y las del enemigo, buscar aliados, elegir las estrategias y cuñas... Pero luchar es, a menudo en primer lugar, combatir contra uno mismo:
“Ahí estaba Viqui muriendo, Victoria naciendo, cuando soltó de pronto, secamente, sin miramientos, sin introducciones, por sorpresa, su aparente sentencia de muerte como ingeniera de la UTE, la expresión definitiva de su compromiso con todo lo demás, lo accesorio, lo colateral, lo de debajo”.
Como el de Victoria-Manuela, el de Javier Mestre es un sólido compromiso con “lo colateral, lo de debajo”. Komatsu no es una novela escrita para el Mercado ni para la Academia -que es con quienes están comprometidas a sangre y fuego la inmensa mayoría de las novelas convencionales, presuntamente “apolíticas”. En sus páginas, hay un permanente esfuerzo por acoger a los otros sujetos sociales y políticos, a los actores colectivos que cuestionan el ruido y el silencio dominantes.
Militantes y afanes del sindicalismo no vendido, la izquierda anticapitalista, la cultura crítica o el ecologismo social pueblan la narración de debates, preocupaciones y rebeldías actuales. Frente a la milonga de la “novela sin sujeto”, Komatsu es una novela con sujetos reconocidos y reconocibles. Las reuniones o actividades de Ecologistas en Acción, las Oficinas de Derechos Sociales, Ferrocarril Clandestino, la CGT, los críticos de CCOO, la agrupación Marx Madera del PCE, la Plataforma Vecinal contra la M-30 o las asociaciones de la memoria histórica, aparecen en el relato componiendo un fresco del activismo social y político de nuestra época.
Los escuadrones literarios de la transición liquidaron la novela social de los años 50 y 60 tildándola con desprecio como “novela de la berza”. De un plumazo, con la complicidad de los grupos editoriales y políticos que urdían un “tránsito sin traumas”, se deshicieron de una narrativa problemática, etiquetándola como esquemática y panfletaria. La pequeña burguesía ascendente y la gran burguesía ascendida urgían otra crónica social, funcional al reacomodo político de las élites.
Javier Mestre entronca con esa corriente literaria, arrinconada en los desvanes del consenso. Otra literatura es necesaria, una literatura realista, es decir que revele realidad, que se atreva a inmiscuirse en los blindados muros de los Centros de Internamiento de Inmigrantes, o en los entresijos de la asesina siniestralidad laboral, o en el exquisito tejido del ostracismo social y político contemporáneo. Cuando la fantasía de las clases medias se derrumba, cuando el huevo de la serpiente late con fuerza presagiando fascismos de nuevo tipo, la literatura no puede ser lujo o capital cultural de las nuevas generaciones de “neutrales”. “No perdería lo mejor de mi vida intentando escribir novelas si se tratase sólo de un juego, de tejer un bordado de ganchillo verbal utilizando los hilos de un género que otros manejaron antes que yo”, apuntó con maestría Rafael Chirbes. Sobra costumbrismo y solipsismo de la experiencia, y falta literatura de la conciencia y de la resistencia.
Pero para que esa literatura sea incisiva ha de ser buena literatura, hecha, como escribió Maiakovski, con “palabras nuevas, expresivas y comprensibles para todos”. No basta con que sea plenamente consciente de su circunstancia social, política y económica, además ha de iluminarla con palabras frescas y significativas. No simple discurso o reflejo estático de la realidad, sino distorsión artística que alumbre, capacidad dialéctica para articular determinaciones y contradicciones, construcción de personajes en transformación.
Komatsu es un buen ejemplo de esa combinación de literatura civil e ingenio narrativo. El relato nos presenta de una forma novedosa la relación compleja entre derrotas cotidianas y militancia política. En modo alguno resulta una ingenua exaltación del activismo, sino una trama que nos invita a reflexionar sobre la sinceridad, los obstáculos y los límites del antagonismo político.El segundo y último capítulo es una magnífica muestra de esta habilidad para esquivar la simplificación y el maniqueísmo. Han pasado algunos años y nuestros protagonistas, Victoria y Santiago, tras la dura experiencia en las obras de la M-30 que ha fundado su relación, han acabado recalando en el pueblo de los padres de él.
Victoria es ahora la arquitecta de la mancomunidad de municipios y Santiago sigue trabajando con una máquina excavadora, aunque en condiciones más precarias. Victoria “tiene que lograr que su marido la acompañe en la aventura de dejarse llevar por el sueño y tratar de criar al niño con la felicidad que es posible aquí y ahora“ (…) “Las amistades del pueblo marcan el camino, lo mismo que la televisión, la radio, los periódicos, la escuela, las fiestas, las vacaciones en la playa, las navidades, las compras en el centro comercial cercano, la normalidad apabullante, somnífera, a la que tiene derecho. Sí, tenemos derecho a una vida normal, proclama Victoria”.
Mestre, que conoce bien el paño del cernido caciquismo en los pueblos pequeños, nos baja de la nube épica a la cruda y prosaica fábrica de resignación. Del romance revolucionario a lo Benedetti (“en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos”) a la reabsorción en el sistema por la vía familiar y comunitaria. Sí, somos vínculo, somos mucho más que dos, pero el lazo no sólo une, también ata. “Josep, ven aquí, son tus hijos”, le grita la mujer del anarquista que protagoniza la película La ciudad quemada, magnífica descripción de la Semana Trágica de Barcelona, cuando el insurrecto, escopeta en mano, se dispone a incorporarse con sus compañeros a las barricadas. “Vete. Tuyos son también. Y ya está bien con la mierda de los hijos”, le contesta él.
Casi todo conspira para que nos rindamos. Rodeados por las reconvenciones familiares, la atmósfera del corporativismo o los múltiples mecanismos de control social, tan bien descritos en el relato, estamos a punto de asumir la imposibilidad o improcedencia de seguir luchando.… El cacique o el encargado, tan atento a nuestras flaquezas, a nuestros cotidianos talones de Aquiles, nos aliviará el tránsito en la adaptación a otra actitud más sensata y responsable: “Yo quiero gente como tú en mis equipos de dirección, gente con corazón y con agallas, y creo que pronto podré ofrecerte algo a lo que no te podrás negar”; y la familia o los amigos, tan pendientes de ponderarnos las pequeñas virtudes, la prudencia, la moderación o la autocontención, también nos animarán a componer el nuevo compromiso. “Es sano tener aspiraciones revolucionarias cuando se está descubriendo el mundo”, le dice Rocabruna, un amigo de la familia, a Victoria, en el momento de las primeras dudas. Sí, ya se sabe, el que no es comunista a los veinte años no tiene corazón, el que lo sigue siendo a los cuarenta, no tiene cabeza… El autor nos muestra con maestría la complejidad del sistema de dominación, su capacidad de atracción y persuasión.
Un ejército de resignadores va alicatando nuestra renuncia. Hasta que llega el día en que no hace falta que nadie nos vigile, porque ya somos nosotros los que nos encargamos de auto-vigilarnos y, de paso, vigilar que otros ingenuos levantiscos acepten la oferta del mundo apacible e hipócrita de la clase media. Santiago y Victoria parecen ya casi atrapados, entre las precariedades del trabajo y la dulce atmósfera de rendición. Pero sobrevive en ellos una inquietud elemental, una “patología de desadaptación social”, una conciencia sobre la injusticia y mentira que encierra el vistoso plato único de la felicidad posmoderna. Ante los ojos de nuestros protagonistas, se produce una nueva tropelía, una recalificación tramposa de terrenos. Y entonces saltará otra vez el imprevisible dispositivo del coraje.
Cabría objetar que la resolución de la novela parece muy deudora de la necesidad de un bello final militante. La realidad no se deja agujerear fácilmente, y menos aún excavar. Pero quizás es únicamente ahí, en la fidelidad al acontecimiento militante, en el excedente utópico no integrable por el sistema, en la renovación del vínculo de lucha con otros, en la pugna frente al poder y frente a nuestra propia rutina, donde pueden abrirse las grietas de la esperanza.

domingo, 12 de febrero de 2012

El valor del ejemplo

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Contra la neutralidad, de Pascual Serrano, y La huelga más larga, de la asamblea de yeseros y escayolistas de Badajoz, Joaquín Vega y Manuel Cañada.


    Últimamente he digerido dos libros de pelea. ¿Dónde podemos cimentar mejor el espíritu de lucha que en el ejemplo de los compañeros que nos han precedido? Pascual Serrano y Manuel Cañada han sabido entender que una de las necesidades más importantes del presente es dar vida a un pasado inmediato contado por nosotros sobre los nuestros. Como sucede con los sueños que vives sólo si te despiertas para recordarlos, han rescatado de los sótanos de la Historia relatos importantes porque son útiles para entender y también para enfrentarnos al enemigo con los pies en el suelo, enraizados en el compost que dejaron tras de sí los esfuerzos de los compañeros. Manolo Cañada habla en “La huelga más larga”, un ensayo casi novelesco que narra y a la vez explica la impresionante huelga de los yeseros de Badajoz (España) de finales de los ochenta, del rescoldo que dejan tras de sí los conflictos que ganamos, que ahora ha de avivarse urgentemente. Pascual Serrano, en “Contra la neutralidad: tras los pasos de John Reed, Ryszard Kapuscinski, Rodolfo Walsh, Edgar Snow y Robert Capa”, cierra con una invitación al periodismo de batalla su compendio semiliterario de biografías que cimentan una tesis imprescindible sobre qué es el buen periodismo y la falta que hace para entender qué pasa e intervenir activamente en la realidad.

    ¿Cuál es el valor de narrar? ¿Qué sentido tiene contar la Historia, es decir, contar la lucha de clases desde todos los ángulos? La concepción del periodismo como compromiso ineludible ante la verdad, desmontando la ideología de la neutralidad impuesta por las clases dominantes, parte de conocer la centralidad de la narración en todo proceso de toma de conciencia. Y tomar conciencia es respirar cuando de luchar se trata. Sin conciencia no existen ni el compromiso ni la energía que hacen falta para enfrentarse al adversario de clase. Esto lo saben las clases dominantes desde el inicio de los tiempos; de ahí la energía y los recursos que invierten en sostener impresionantes aparatos de reproducción ideológica. Reed, Kapuscinski, Walsh, Snow y Capa son maestros que construyeron su vida y su profesión sobre la idea de hacer del relato un arma para la toma de conciencia y bregar contra el discurso neutralista y neutralizador de los poderosos. Lo hicieron, además, con inusitada brillantez y nos han dejado obras que enseñan lo que pasó y sobre todo cómo afrontar el relato hoy mismo, ante el ruido apabullante que siembra el enemigo en el campo de batalla.

    Cuando Manuel Cañada y el colectivo de yeseros de Badajoz presentaron “La huelga más larga” el pasado 30 de diciembre de 2011 en la capital pacense, los trabajadores le dieron las gracias a Cañada, auténtico responsable intelectual del libro. ¿Por qué? Para los que fueron protagonistas de una dura lucha de cinco meses que logró arrebatar a los patronos de la construcción la capacidad de elegir a quién contratar, ver en negro sobre blanco el relato de su gesta, y sentirse reconocidos por primera vez en el campo de la Historia, ha sido un hito, una gloria, una sutura de una herida que el tiempo más que cerrar, abría. “La huelga más larga” está redactado con las mejores armas literarias para despertar el sentido épico de la lucha social. Necesitamos nuestra propia épica, tan verdadera, siempre mucho más verdadera que la del enemigo, y al tiempo, como sucediera con las épicas orales de antaño, tan llena de lecciones, de mitos fundacionales de lo que somos, para no olvidar de dónde venimos y cuál es el camino que hay que recorrer. En este sentido, Cañada nos recuerda un poco a Reed en el entusiasmo, a Kapuscinski en la hondura de las observaciones, a Walsh en el compromiso con la causa, hondo hasta embadurnarse de arriba a abajo, por completo. La épica de “La huelga más larga” nos recuerda que es posible no sólo enfrentarse, sino también ganar. Y nos enseña, entre otras cosas, precisamente en qué consiste ganar.

    Si queremos cambiar el mundo, tenemos que narrarlo y convertirnos en los protagonistas de la Historia. Con el relato de los que mandan, por muy duras que sean las condiciones de vida y explotación, la lucha, la transformación, se hace imposible. De ahí la importancia del trabajo que recuerda Pascual Serrano y que decididamente emprende Manolo Cañada junto con el colectivo de los yeseros de Badajoz.












La huelga más larga.
Asamblea de yeseros y escayolistas de Badajoz, Joaquín Vega, Manolo Cañada.
Baladre y Zambra. Diciembre de 2011.















Contra la neutralidad: tras los pasos de John Reed, Ryszard Kapuscinski, Rodolfo Walsh, Edgar Snow y Robert Capa.
Pascual Serrano.
Península. Barcelona, 2011.

martes, 24 de enero de 2012

Komatsu en la nube de Radio 3

El programa "En la nube", de Radio 3, dedicó su espacio "Ventana emergente", el jueves 19 de enero de 2012, a Komatsu PC-340. Aquí ponemos los aproximadamente diez minutos que dedicaron a la novela, un buen espacio publicitario a cuenta de la encomiable creatividad de los trabajadores del medio público.